Arrebato

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Arrebato
Director:
Iván Zulueta

Título Original: Arrebato / Año: 1979 / País: España / Productora: N.A.P.C. / Duración: 110 min. / Formato: Color  - 1:66:1
Guión: Iván Zulueta / Fotografía: Ángel Luis Fernández / Música: Grupo Negativo
Reparto: Eusebio Poncela, Cecilia Roth, Will More, Marta Fernández-Muro, Carmen Giralt, Luis Ciges, Antonio Gasset
Fecha estreno: 09/06/1980 (Madrid)

“Esta misma mañana te enviaré las películas y esta grabación. Si ocurre lo que imagino nadie te mandará la última película. Tendrás que venir tú a por ella”

 

Es difícil encontrar en el panorama del cine español una película con el poder hipnótico de esta inclasificable, singularísima obra del malogrado Iván Zulueta. Desde la primera secuencia en la que escuchamos la inquietante voz de Pedro (Will More) grabando su mensaje de auxilio mientras le vemos montando sus últimas bobinas de Super8, las imágenes de Arrebato sumergen al espectador en una atmósfera que provoca tanta fascinación como desasosiego: los planos detalle de Pedro empaquetando las películas, una extraña toma cenital del exterior del apartamento, y un nuevo plano detalle de la cera goteando para sellar el paquete que encadena con las (insólitamente bellas) imágenes en blanco y negro de una secuencia de la película de terror que está montando el protagonista, José Sirgado (Eusebio Poncela), provocan desde el primer momento en el espectador un efecto narcótico similar al que experimenta el protagonista ante el poder vampírico de su cámara.

 

“Esto que te mando… tu óyelo y míralo, o mejor dicho, devóralo y digiérelo. Sé que sólo nos hemos visto dos veces en nuestra vida, pero ¿y qué?, estoy seguro de que solo tú podías comprender lo ocurrido. Al fin y al cabo, si no llega a ser por ti, yo seguiría filmando a mi tía, o como mucho a mi prima Marta”

 

Las palabras que José escucha en el casete que recibe junto a las películas y la llave del apartamento de Pedro llevan al director a recordar su primer encuentro con el enigmático personaje, durante una localización para su primera película en el viejo caserón en el que misterioso joven vive junto a su lunática tía (Carmen Giralt). Y el primer avistamiento de Pedro, desde el coche en el que Marta (Marta Fernández Muro) lleva a José a casa de su madre, no puede ser más sugerente: tras escuchar el graznido que anuncia cada nueva aparición del personaje (un sonido al principio casi inaudible, que se va incrustando en la mente del espectador de manera imperceptible, y que es sólo uno de los muchos ingredientes de la magnífica banda sonora de la película), José descubre a lo lejos a Pedro rodando con su cámara en un claro del bosque, con su misteriosa silueta (figura altísima y delgada, ataviada con un largo abrigo) que nos hace pensar de manera indefectible en el Nosferatu de Murnau (fotograma 1).

 

“Llevaba demasiado tiempo filmando lo que me rodeaba, los mismos destellos, las mismas pausas, ¿recuerdas? ¡Qué lejos estaba de comprender el sentido, la función, el papel, el juego que hacer cine representa! Tú prometiste ayudarme”

 

Ya en casa de la tía Carmen, el segundo avistamiento de Pedro por parte de José nos regala otro momento alucinante: sentado frente al televisor junto a Carmen y Marta, José observa la figura de Pedro reflejada en la pantalla del receptor que, súbitamente, empieza a emitir las imágenes de manera acelerada sumergiendo al protagonista en un estado de hipnosis del que sólo despierta al final de una velada que transcurre para él en apenas unos segundos. Es el prolegómeno a la primera conversación entre los dos personajes, en plena noche en la habitación de José, en donde Pedro hace aparición para reclamar la ayuda del visitante: “Quiero que me expliques qué tengo que hacer para filmar el ritmo preciso. ¿Tú sabes qué hacer con la pausa? La pausa es el talón de Aquiles, es el punto de fuga. Nuestra única oportunidad… ¿Cuál era tu colección de cromos favorita?”. Y ante la mirada alucinada de José, Pedro despliega el álbum de Las minas del rey Salomón que el protagonista tantas veces había observado embelesado durante su infancia: “¿Cuánto tiempo te podías llegar a pasar mirando este cromo? Años, siglos, toda una mañana… Estabas en plena fuga, éxtasis, colgado en plena pausa, ¡arrebatado!” (fotograma 2).

 

La asociación del poder alucinógeno de las imágenes cinematográficas con la del más potente de los narcóticos es evidente, y no por ello, menos sugestiva: José, un personaje mermado psicológicamente por su adicción a las drogas y su reciente ruptura sentimental con Ana (Cecilia Roth), es un director que, ya en el proceso de montaje de su segundo largometraje (momento del presente diegético de la película), parece haber perdido la pasión por su oficio; una pasión que sólo redescubrirá a partir de las imágenes casi primitivas que encuentra en las bobinas de Pedro, y que provocarán en el protagonista el mismo efecto vampirizante del que es víctima su creador (tal como había observado ya en su primer encuentro, cuando escucha extrañado los sollozos de Pedro durante la proyección de algunas de sus primeras películas).

 

“Comprendo que aquellas imágenes no os fascinasen como a mí. Para mí eran el súmmum. No adivinaba ni remotamente lo lejos que estaba de mi trayectoria. Una vez más me equivocaba en mi rumbo de forma triunfal, pero quizá todo era necesario para llegar donde estoy ahora”

 

Y, evitando la inesperada presencia de Ana (que intenta en vano una reconciliación con performance musical incluida, en la celebrada secuencia de su imitación de Betty Boop - fotograma 3), Jose continúa escuchando el relato de Pedro, mientras observa completamente hechizado las películas rodadas por éste de manera compulsiva después de emprender viaje en busca de “nuevos sitios, otras gentes, lugares famosos que nadie conoce, miles de ritmos ocultos”.

 

“Yo creía estar al borde del arrebato total. Iniciando mi sendero a la gloria. Ya en el viaje en tren me invadió una euforia loca. Las velocidades se sumaban restaban multiplicaban. Tantos ritmos, todos distintos, nunca vistos por mí. Sí presentidos. Eran los de siempre, en realidad. Sólo que a favor, no en contra”

 

Encerrado “en las alturas de unos apartamentos”, Pedro acaba absolutamente vampirizado por el objetivo de su cámara, que empieza a rodar de forma autónoma a su presa durante el sueño (fotograma 4), dejando a cada nueva secuencia veinte fotogramas en rojo (“como si la cámara se hubiese negado a fotografiar”), succionando la sangre del ser filmado, que se entrega con fruición ante el poder extasiante de la cámara (“Me poseía, me devoraba y yo era feliz en la entrega. Fue a partir de ahí cuando he vivido mi plenitud cinematográfica”). Un ritual inmolatorio que acabará arrastrando igualmente a José, postrado finalmente ante el objetivo de la cámara de Pedro, con los ojos vendados, como víctima voluntaria ante su inclemente y frío verdugo (fotograma 5).

 

David Vericat
© cinema esencial (diciembre 2016)

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